Leyendo el libro de Zygmunt Bauman, Vida de consumo, en el que explica: “todo y todos pueden ser “objetos” de venta como producto”. El síndrome consumista ha conseguido no sólo que lo efímero sea valorado, sino que lo duradero sea rechazable, porque resulta monótono, aburrido, económicamente ruinoso, algo que nos marca con el estigma de lo pasado de moda.
Tal vez ésta sea la explicación de las “canciones de temporada”, los coches, ordenadores, teléfonos móviles… Pero lo peor es que ésta sociedad también se deshace de las personas, ¿que pasará con Rodolfo Chikilicuatre después del Festival? Esta sociedad capaz de crear “monstruos” (en el sentido amplio de la palabra, no se me tome a mal, que también se utiliza en sentido positivo).
Ocurre con la modelo más cotizada, con los deportistas, músicos, actores… A todos ellos se les exige unos resultados propios de las máquinas; y cuando ya no alcanzan los objetivos se les relega, no sirven.
Continúa Bauman en su libro: “La cultura consumista necesita –y lo ha conseguido – liberar a las personas de los lazos del pasado, de modo que en el “hoy y ahora” nada de lo anterior ha de limitar un presente absolutamente libre. Se tiene que poder desechar todo: posesiones y convicciones, odios y amores… hasta el propio cuerpo (cirugía) o la propia identidad”.
¿En qué nos estamos convirtiendo? Recuerdan el personaje de Marisa Coulman en La Brújula dorada, enérgica y fuerte, la inteligencia y audacia de Marisa no tiene límites cuando se trata de manipular.