Es una de las ciudades más interesantes que he visitado. Su nombre ha ido cambiando a través del tiempo y debido a los acontecimientos que la han azotado. Al principio la llamaron Peterburg de origen alemán, tal vez por ello los peterbugueses llaman a esta ciudad Peter, y adaptando el nombre al ruso Petrogrado. Durante la época soviética le llamaron Leningrado
Fundada en 1703 por el zar, Pedro el Grande, que quiso a través de su puerto al Báltico abrir una ventana a occidente. Cuarenta mil siervos participaron en la construcción de la nueva ciudad, acarreaban madera y piedras ya que el suelo pantanoso suponía una grave dificultad, el cincuenta por ciento murieron debido al clima y las duras condiciones de trabajo impuestas.
Debido a estas dificultades geológicas su metro es el más profundo del mundo, y sus cuatros líneas circulan por debajo del río Neva, el más caudaloso de Europa. Muchas de sus estaciones son “palacios para el pueblo”.
La ciudad es monumental por ello la UNESCO la declaró patrimonio de la humanidad.
Me habían hablado del Hermitage, pero por mucho que imaginemos nos quedaremos cortos. Este Museo consta de cinco edificios que contienen más de dos millones y medio de objetos artísticos. La historia del Hermitage se inicia con Pedro El Grande, pero quien adquiere casi todo lo que contiene es Catalina II. Contiene cuadros valiosísimos de Leonardo, Velázquez,Tiziano, Monet… Por sus dimensiones es imposible visitarlo al completo, me informaron que dedicando un minuto a cada cuadro, tardaríamos más de cuatro años en visitarlo.
Tal vez, por la excelencia de nuestro Museo del Prado, lo que más me impresionó fueron sus salas. La de malaquita está considerada como la más bella. En mi admiración recordaba el poema que aprendí de niña de Rubén Darío
“Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú…”
En el dorado de sus paredes se emplearon doce kilos de oro , porque en Rusia todo lo que reluce es oro. Otra de las cosas que me impresionó es el canal de invierno, que une tres de los edificios.
Paseaba entre los maravillosos objetos que contiene y las lujosas salas, donde residió Catalina II, y escuchaba que en uno de sus palacios se encontraron más de treinta mil vestidos; compró colecciones enteras de diversos objetos de arte; su tocador, una galería de más de treinta metros de largo, decorado en estilo pompeyano, hubiera hecho palidecer a la misma María Antonieta con espejos que apenas reflejan imágenes, porque su dueña no lo deseaba, ya que su amante era cuarenta años más joven que ella… En mi asombro ante tanta riqueza, apenas me daba cuenta del calor que padecíamos todos los visitantes, porque no tienen aire acondicionado, pensé que las valiosas pinturas tal vez sufrieran con dicha temperatura.
Aparte de visitar todo lo que el tiempo alcanzó, siempre me gusta llevarme una impresión sobre lo que acontece, una de las cosas que más me sorprendió fueron los coches carísimos que llenan sus calles, pero junto a ello me informaron que no existe clase media. El sufrido pueblo ruso parece condenado a la injusticia de unos gobernantes que no tienen en cuenta sus necesidades y, para mal vivir se hace necesario tener cuatro empleos. Los ancianos si no quieren morir de hambre, porque sus pensiones no les alcanzan, han de residir junto a sus hijos. La playa a pesar del calor desierta, porque nadie se atreve a meter ni un dedo por la enorme contaminación, los únicos que deambulaban por ella son perros abandonados …
También nos advirtieron sobre la necesidad de extremar las precauciones, porque hay muchos ladronzuelos al acecho de los turistas. Uno te vende mientras el otro te roba. Sobre el peligro de adquirir productos comestibles en la calle: caviar, vodka. Todos los años mueren personas en este país debido a la adulteración del citado licor.
Recordé el proverbio ruso: “si hablas a un funcionario, haz que los rublos hablen por ti”.
Escrito por María Pilar Tortosa del Carpio