Quien no se ha topado con esas personas que juzgan y condenan implacablemente sin el menor atisbo de comprensión. Pretenden que todo a su alrededor sea sublime, y esa excelencia no sólo la extienden a su vida, sino a la de los demás en los que exigen un baremo imposible de alcanzar y cuando alguien de su entorno tiene un problema, zanjan la relación, porque su cariño es condicional.
Discutir con ellos es perder el tiempo, porque siempre tienen la razón. Son muy impacientes y culpan de los errores a los demás. Suelen tener
previstas todas las situaciones, y son capaces de pasar por encima de cualquier cosa o persona para conseguirlo.
Me he decidido a escribir sobre este tema, porque cada vez encuentro más personas que padecen dicho problema o son víctimas de perfeccionistas. La sociedad actual tan competitiva no ayuda precisamente. Antes en la familia éramos aceptados con nuestros defectos y fallos, lo que contribuía a una sensación de comodidad y seguridad. Cuando algo no salía bien, escuchabas: te has esforzado, no estás obligado a más. Pero hoy en día los padres desean hijos perfectos, me atrevería a decir que en lo físico y en lo intelectual, ¿dónde quedó aquello de que la familia es el único lugar que te quieren por lo que eres, no por lo que tienes?
En la educación de cualquier persona se debería incluir aceptar los propios errores, y los de los demás. Y que lo importante es saber levantarse, porque todos caemos. No somos máquinas, ¡afortunadamente! Para ponernos en el lugar del otro hemos tenido que pasar por situaciones de fracaso y aceptarlas. Dichas situaciones bien enfocadas supondrán un crecimiento personal.
Dejo un enlace a la película “Cisne negro”, cuya protagonista, Nina, es ejemplo de dicho trastorno.
Escrito por María Pilar Tortosa del Carpio