Real Monasterio de las Descalzas Reales.

21 noviembre, 2011

Si usted ha soñado con transportarse en el tiempo debería visitar el Monasterio de las Descalzas Reales en Madrid. Es la sensación que tuve al atravesar el pórtico, me sentí inmersa en el S. XVI.

Fundado por doña Juana de Austria, mujer culta e inteligente que supo llevar a cabo su regencia con acierto, cuando a petición de su padre la asume, porque el Rey, Carlos I, se retira a Yuste.  Doña Juana había quedado viuda prematuramente y dejado un hijo de tres años en Portugal al que nunca más vería, aunque sí mantuvo una abundante correspondencia con dicho hijo que más tarde reinaría en Portugal como Sebastián I.

 Me dije que si se conserva tal cual, se debe a ser un lugar conventual y por ello, se ha librado de los avatares de la moda o caprichos de los señores. Hoy lo habitan veinte monjas de clausura que viven conforme a la regla de San Francisco.

La escalera decorada con frescos,  tal vez sea lo que más me impresionó, por su antigüedad,  y porque nunca había visto nada igual. De ahí pasamos al claustro a un lado las ventanas que asoman a un patio donde los naranjos muestran sus frutos, y al otro las capillas. La primera la ocupa un Cristo yacente de Gaspar Becerra S. XVI que aloja una custodia en su costado derecho,  por privilegio contiene la Eucaristía el día de Viernes santo. Otro de los tesoros que podremos contemplar en nuestra visita es la colección de tapices de Rubens, en los que se exalta la Eucaristía y el triunfo de la Iglesia. Pero además el Monasterio nos sorprenderá con su pintura flamenca, española e italiana entre la que se encuentra un posible Tiziano, aunque sobre este particular, los doctos no se ponen de acuerdo. Imágenes de Pedro de Mena que asombran por su sensibilidad.  Diría que tres temas presiden la vida del Monasterio: la Eucaristía,  la Virgen, y los Arcángeles. Me dejo muchas cosas por reseñar, pero me parece que no es bueno al visitante descubrirle todo lo que va a encontrar, porque romperíamos el misterio.

 


TOLEDO

9 noviembre, 2011

 Cada vez que piso el empedrado de las callejuelas toledanas, recuerdo lo que aprendí de aquellos profesores que lograban fijar nuestra atención, y transportarnos a la imperial ciudad, donde caballeros, soldados, pícaros, religiosos deambulaban por sus plazuelas y cosos. Al atravesar la calle de San Pedro Martir miro con inquietud el Convento del mismo nombre , y recuerdo aquel militar francés que por su irreverencia fue castigado de forma terrible, y escucho la voz de mi profesora de literatura, narrando la leyenda de Becquer, El Beso.  Un portón de pesada madera me recuerda las desventuras de Lázaro de Tormes en esta ciudad sirviendo a su tercer amo, el escudero.

Toledo siempre ha servido de inspiración a escritores, pintores, y hasta músicos como ocurre con la zarzuela “El huesped del sevillano”.  

Accedimos a la ciudad por las escaleras mecánicas del Paseo de Recaredo, siempre que visito Toledo encuentro algo nuevo, y es que en una visita es imposible descubrir todos sus secretos, desde allí se contempla la parte nueva de la ciudad. Una vez alcanzado el nivel superior, dirigimos nuestros pasos hacia la Catedral, visita inexcusable,  atravesando callejas en las que parece te vas a topar con un embozado.

Hacia el mediodía decidimos ir a degustar sus   platos típicos “perdiz estofada” y mazapanes de postre. Lo hicimos en el Parador. Lo mejor la vista, desde el restaurante una verdadera postal.


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