A finales de julio suelo tomarme un puente largo, porque así una coge fuerzas para el “sprint” final. Este año he ido a Cervera de Pisuerga, uno de esos lugares donde me perdería para no volver jamás, porque descansa el alma y el cuerpo del ajetreo madrileño. Cuando salía al balcón de nuestra habitación, las vistas sobre el Pantano de Ruesga y los Picos de Europa me hacía desear que se parara el tiempo. Pero como de pan también vive el hombre, la mesa castellana contribuyó a que el fin de semana fuera reparador. Deberían estar prescritas estas mini vacaciones, me parece que nos ahorraríamos medicinas y psicólogos. Además como animales, aunque racionales necesitamos el contacto con la naturaleza.
Escrito por María Pilar Tortosa del Carpio