Estas Navidades he tenido la suerte de pasar unos días en Tordesillas, parece ser que su nombre proviene de Oter de cillas, lugar alto. A pesar de su enclave defensivo estuvo durante diversos periodos bajo la dominación árabe. Con un pasado histórico que ya quisieran muchas ciudades, Alfonso X le concede el privilegio del Fuero Real. Alfonso XI manda construir el Palacio real de estilo mudéjar que sirvió de residencia a Leonor de Guzmán, favorita del rey. Más tarde es doña Blanca de Borbón quien se instala cuando su esposo Pedro I el Cruel la abandona por María de Padilla. En 1494 se produce uno de los acontecimientos más importantes en la historia de Tordesillas, la firma del Tratado el 7 de junio de 1494, por el cual las coronas Castellana y Portuguesa se reparten los derechos de navegación y conquista del Atlántico.
Residencia durante cuarenta y seis años de uno de mis personajes históricos favoritos, doña Juana de Castilla casada a los dieciséis años con Felipe el Hermoso, y protagonista de un “amor trágico”. Su madre la nombra heredera de la Corona de Castilla; pero incluye en el testamento la cláusula por la que en caso de desequilibrio mental, la regencia sería encomendada al padre don Fernando de Aragón. Parece que a muchos les interesara la locura de doña Juana, y que le fomentaran los celos, convirtiéndose en obsesivos. “El monstruo de los ojos verdes”, así los describía Shakespeare, su poder destructor sumerge a quien los padece en pesadilla que puede llevar a la muerte o a matar.
Nos alojamos en el Parador, nos recibió una atrevida ardilla, y después el personal que nos llenó de atenciones durante toda la estancia. Allí degustamos el típico gallo de corral, su ternera, y sus Riberas que una buena mesa contribuye a quitar las preocupaciones y disgustos. Pero como no sólo de pan vive el hombre nos acercamos hasta el Monasterio de Santa Clara, donde residen las Hermanas Clarisas desde el año 1363, allí se respira sosiego, y la historia se hace cercana. Me he prometido volver a la noble Villa, porque me he dejado mucho por visitar.
Al día siguiente fuimos a Toro, ciudad llena de palacios, monasterios, e iglesias que datan del s. XII y XIII. Si visitan Toro, no pueden dejar de asomarse al mirador de El Espolón desde el que se contempla el Duero, y el Puente de Piedra (S. XII y XIII), el Arco del reloj, y la Colegiata.
No degusté los vinos de Toro, cuyo origen se remonta a la ocupación romana, caldos que llenaban bodegas reales y que fueron exportados a Francia en el siglo IXX. En la actualidad tengo un cliente que al residir en Francia se los hace traer hasta allá, y que me los recomendó vivamente.
Escrito por María Pilar Tortosa del Carpio